«Yo, Tituba, la bruja negra de Salem»: el retrato de la esclavitud y la reivindicación de Maryse Condé

Libro ganador del Grand Pix Littéraire de la Femme en 1986, su autora Maryse Condé ganó el premio Nobel Alternativo de Literatura en 2018, además del Puterbaugh por su bibliografía y, entre otros, el Prix Carbet de la Caraïbe.

Una historia desgarradora en la que trataremos temas como la esclavitud, la violencia sexual y psicológica, el deseo femenino, la inocencia y la superstición, en una atmósfera tan oscura como tristemente real. Tituba vivió dentro de Maryse Condé y se confesaron cosas que nunca antes habían contando. Adoptando la voz de una esclava negra, la autora relata los famosos juicios por brujería que tuvieron lugar en la ciudad de Salem a finales del siglo XVII. Tituba se iniciará en el arte de lo sobrenatural gracias a la curandera Man Yaya, una de las más poderosas de la isla de Barbados, y mientras el recuerdo de su madre le atormenta, acabará en propiedad de un pastor obsesionado con Satán, fiel religioso, concluyendo su viaje en la puritana Salem donde será juzgada por sus pecados y sus actos de rebeldía. Detenida y abandonada en prisión, Maryse Condé la arranca de su jaula para darle la fuerza que necesita y así llevarla de vuelta a su ciudad natal y vivir las primeras revueltas de esclavos.

La brujería no fue solo un acto atroz de Salem

El primer caso registrado de ejecución por magias oscuras tuvo lugar en las Colonias Británicas, concretamente en Connecticut en 1647, con la condena de Alse Young, un falso testimonio que años después tuvo que soportar su hija para, finalmente, ser asesinada. Los preliminares de estos juicios se llevaron a cabo durante casi cinco décadas en todo el estado de Massachusetts así como de la puritana América, pues la brujería no fue solo un acto atroz de Salem. Pero ¿por qué se considera a Salem el pilar de este hecho histórico? Claramente es una ciudad que sirve como ejemplo de su agresividad y violencia hacia las mujeres: Betty Parris, hija del reverendo Samuel Parris, y su prima Abigail Williams fueron quienes dieron el pistoletazo de salida a estas acusaciones y a las primeras órdenes de arresto, cuyo castigo llegó hasta tres mujeres más: Sarah Good, Sara Osborne y, para el caso, Tituba, que era la esclava de la casa Parris y que, tras ayudar a la mujer de Samuel a superar enfermedades, acabó siendo llevaba a la horca.

Tituba busca con su testimonio alejar la atención del tribunal de su esposo, ya que según los ciudadanos era quien provocaba las aflicciones, pero más que salvar el pellejo de este, hizo que condenaran a otras mujeres, empeorando la situación: años más tarde, aprovechando rencillas personales, la población culpó injustamente —nuevamente— a Martha Corey junto a su marido por el simple hecho de posicionarse y expresar abiertamente que los acusadores mentían, sin ser consciente de la paranoia que corría por las calles. Al insinuar que Satán estaba entre ellos tras declarar, irónicamente, que volaba en palos de un sitio a otro, que perros negros y ratas rojas invadirían el mundo, se estableció el caos en Salem y hombres y mujeres de las aldeas perimetrales fueron atacados, detenidos o juzgados, mientras que Tituba se atormentaba porque claramente su insinuación no iba dirigida al anticristo, si no al racismo, al machismo y al clasismo que la sociedad sufría. Tituba fue golpeada y fue violaba; fue acusada por simplemente ser mujer de piel negra, y, curiosamente, todas sus declaraciones eran creencias de la cultura europea y no de la africana o caribeña. De hecho, a estas acusaciones hacia los ataques de los negros por parte de los pieles blancas las llama gens gagés —personas malditas—; víctimas del mal de ojo, poseídos por el Diablo, las brujas o espíritus, y así Tituba presenciará cómo el vecindario se desprende de su forma humana para seguir órdenes malignas venidas del mismísimo infierno.

Por fanatismo religioso, la comunidad femenina de Salem se consideró destinada a servir a sus esposos y a carecer de derechos para así evitar la ira de Dios, lo que se traduce en esclavizar a la mujer del religioso para no perder ganancia económica y no atraer la pobreza. Maryse Condé pone voz a todas aquellas mujeres que fueron injustamente acusadas y maltratadas, nos hace escuchar su testimonio para recordarnos lo que realmente es importante en la vida y cómo una sociedad de pudibundez se llevó por delante a tantas mujeres. Yo, Tituba, la bruja negra de Salem, no es solo una novela de brujas, es empatía, es mostrar la crueldad que la población sufre a día de hoy aun estando lejos del siglo XVII.


«Viéndola así, avergonzada y con la cabeza gacha, una inmensa y dulce lástima inundó el corazón de Yao. A sus ojos, la humillación de aquella criatura simbolizaba la de todo su pueblo, destrozado, disperso, vendido al mejor postor. Él también tuvo que enjugarse las lágrimas que le corrían por el rostro».

Extracto de Yo, Tituba, la bruja negra de Salem

Samuel Parris compró a Tituba y la trajo desde la lejana Barbados, considerándola una nativa amerindia. Al tiempo, Betty Parris, esposa maltratada e insultada continuamente, sufrió su primera crisis y por ende olvidó todo el bien que Tituba trajo a la familia, dado que realmente no enseñaba a las niñas la hechicería vudú. Se quedó como una leyenda, y la evolución de la figura de Tituba en la ficción literaria la convirtió en la bruja negra de Salem. A lo largo del siglo XIX, escritores posteriores de la Guerra de Secesión, como Henry Wadsworth Longfellow, rememoraron a Tituba para contar historias originales de los tiempos puritanos de América, ya que los mitos de Inglaterra se quedaron obsoletos y dando lugar a la perpetuación de la figura de Tituba y el cliché femenino a lo largo del siglo XX nuevamente, como en la famosa obra teatral Las brujas de Salem del dramaturgo Arthur Miller, que fue adaptaba al cine bajo la dirección de Nicholas Hytner con el nombre de El Crisol.

Maryse Condé crea una historia en la que los abusos de los blancos están a flor de piel y donde la esclavitud de los negros será el hilo conductor de la trama. Tituba buscará su libertad y verá continuamente cómo se le es negada. Con el paso de las páginas irá descubriendo la sexualidad y el deseo, así como qué sería enamorarse del hombre menos indicado para acabar sucumbiendo a la esclavitud a cambio de probar el placer y el amor tóxico. Que la autora haya postrado la visibilidad de la sexualidad y la importancia del autodescubrimiento femenino en un mundo machista pone en el punto de mira que lo peor no era ser un hombre negro sumiso, si no ser todo eso más el añadido de ser mujer. Yo, Tituba, la bruja negra de Salem tiene diversas capas de las que rasgar: el éxodo rural expuesto por un pequeño grupo de judíos que chocará con las creencias religiosas de los americanos, o cómo recurre al elemento de la búsqueda de la identidad, llevando a la protagonista por diferentes puntos geográficos para maltratarla, golpearla y hacerla sentir inútil para finalmente encontrar su lugar verdadero. Si algo destaca en la bibliografía de Maryse Condé es que en todas sus obras explora las condiciones raciales, sexuales, culturales y machistas por diferentes puntos históricos. Sus personajes vivirán en mundos esclavizados que tendrán que convertirse a la religión colonialista. En su escritura se valdrá de experiencias y conocimientos a lugares geográficos que conoce con exactitud, basándose en ella misma y extrapolando las vivencias al empleo de una primera persona en su escritura, claro interés en situar su historia personal a algo universal.


«Aprendí a hablar y a caminar. Descubrí
el universo que me rodeaba, tan triste como espléndido
».

Traducción de Martha Asunción Alonso
Rústica con sobrecubierta, Impedimenta

Yo, Tituba, la bruja negra de Salem
Maryse Condé

«El machete quedó clavado en el suelo, gélido y asesino; en cambio, el canasto, echó a rodar sendero abajo, como
si presintiera la tragedia que estaba a punto de tener lugar e
intentase escapar».

La autora Maryse Condé comenzó a publicar sus libros a los 40 años mencionando que «no podría escribir cualquier cosa… a no ser que tenga una importancia política segura»; no solo ha mostrado la negritud del siglo XX recogiendo la tradición y la cultura para definir el origen africano-francés caribeño, si no que se las ha ingeniado para darle un enfoque feminista y poner voz a muchas mujeres que ni siquiera tuvieron la oportunidad de contarlo, que sufren de violencia doméstica, de abuso sexual o del clasismo patriarcal. Finalmente, Yo, Tituba, la bruja negra de Salem es una obra que pasea por la ficción histórica con el objetivo de ser didáctica e informativa, sin una estética deslumbrante, predominando la sencillez en un ritmo narrativo pausado donde destacará el elenco de personajes y la ambientación. De hecho, este pasado año recibió el premio Mondial Cino del Duca por, precisamente, su labor humanista a la cultura, usándola como medio de aprendizaje e introducción a la ética común.